Por: Elvin Lugo | Lugo Media
En 1933, en pleno corazón de la Unión Soviética, una pesadilla se desató sobre miles de personas que se vieron atrapadas en un escenario de muerte y desesperación inimaginable. Este oscuro capítulo, conocido como la «tragedia de la isla de Nazino», fue el resultado de las políticas despiadadas de Josef Stalin y su régimen. Esta historia es un testimonio espeluznante de los horrores de la represión soviética y el brutal desprecio por la vida humana.

Todo comenzó con la política de «Deskulakización», una campaña dirigida por el Estado para deshacerse de los «kulaks», o campesinos considerados ricos y enemigos del régimen. En su intento de eliminar cualquier resistencia, el gobierno arrestó, deportó y ejecutó a millones de personas, despojándolas de sus tierras y bienes. Esta campaña desencadenó una serie de hambrunas devastadoras, la más conocida de todas: el Holodomor en Ucrania, que cobró la vida de aproximadamente 3.9 millones de personas.

Es en este contexto de desesperación y hambre en el que Stalin aprobó un «gran plan»: reubicar hasta 2 millones de personas en Siberia y Kazajistán, obligándolas a vivir en asentamientos especiales donde deberían convertir tierras vírgenes en campos productivos. Uno de estos lugares fue la remota y pantanosa isla de Nazino, situada en el río Ob, en Siberia, una isla de apenas 3 kilómetros de largo y 600 metros de ancho. A esta isla fueron enviados 6,144 deportados en mayo de 1933, de los cuales 322 eran mujeres.

Desde el inicio, la situación fue una pesadilla. Al llegar a la isla, ya había 27 cadáveres de aquellos que murieron durante el viaje. Los sobrevivientes fueron abandonados sin comida adecuada ni herramientas para sobrevivir. Recibieron 20 toneladas de harina, pero sin utensilios de cocina ni hornos, muchos terminaron mezclando la harina con agua del río, lo que causó epidemias de disentería y debilitó aún más a los deportados. Los guardias les proporcionaban escasas raciones de pan, apenas 200 gramos por persona, y observaban impasibles cómo los prisioneros sucumbían al hambre y la desesperación.

Los intentos de escape fueron infructuosos. Algunos deportados construyeron balsas improvisadas para huir, pero la mayoría se hundieron y dejaron una estela de cadáveres en la orilla de la isla. La situación se tornó tan desesperada que no pasó mucho tiempo antes de que comenzara el canibalismo. Los testimonios de los pocos sobrevivientes hablan de personas que fueron capturadas, asesinadas y desmembradas para servir de alimento a los demás.



Uno de los relatos más estremecedores de la tragedia es el de una joven mujer protegida por un guardia llamado Kostia Vénikov. Kostia intentaba cortejarla y la mantenía a salvo de otros prisioneros, pero un día tuvo que ausentarse y pidió a otro guardia que cuidara de ella. Al regresar, encontró que la multitud, enloquecida por el hambre, la había capturado, atado a un árbol y comenzado a cortar partes de su cuerpo: sus pechos, sus músculos, todo lo que podían comer. La joven todavía estaba viva cuando Kostia la encontró, pero, a pesar de sus esfuerzos, la pérdida de sangre fue fatal.
Para octubre de 1933, de los 6,144 deportados, solo entre 200 y 300 personas estaban en condiciones de trabajar. Aproximadamente 4,000 habían muerto en la isla de Nazino en condiciones brutales, y cientos más habían desaparecido en un intento desesperado de escapar. La isla se ganó el apodo de «la isla de los caníbales», y la historia de Nazino se convirtió en una oscura leyenda, oculta durante décadas por el régimen soviético.


La tragedia de la isla de Nazino es un recordatorio de hasta dónde puede llegar la brutalidad humana bajo un sistema represivo. Nunca olvidemos las vidas de quienes murieron a causa de un régimen que veía a sus ciudadanos como piezas desechables en un proyecto ideológico despiadado. Estos horrores del pasado deben servirnos como advertencia para el presente y el futuro: nunca más.


Deja un comentario