Por: Elvin Lugo | Lugo Media
Una vez escuché que el orgullo es como el aliento desagradable: todos lo huelen, lo notan y se alejan, pero el único que no percibe el problema es la misma persona con mal aliento.

Este ejemplo me lleva a reflexionar sobre el orgullo, ese sentimiento que puede ser positivo cuando nos llena de alegría por los logros de nuestros hijos, pero ¿qué ocurre con el orgullo tóxico? Aquel que se ensalza a sí mismo, pareciendo, en muchos sentidos, alguien con aliento desagradable en una reunión social. Siempre habla de sí mismo, de sus posesiones, planes y proyectos, pero escucha poco y rara vez presta atención genuina.
El altivo se inmiscuye donde no es llamado, dando opiniones a menudo incoherentes que solo tienen sentido en su mente. Suele carecer de audiencia, tiene pocos o ningún amigo, y se lamenta de estar rodeado de personas ocupadas que no tienen tiempo para compartir un café. Sin embargo, estas mismas personas sí se reúnen y conversan entre sí con frecuencia.
Este individuo va por la vida esperando su momento. En las redes sociales, busca generar polémica para luego captar atención y hablar nuevamente de sí mismo. Sin embargo, no comprende que la falta de interacción hacia sus comentarios podría indicar que a los demás no les interesa lo que tenga para decir.
Envidia en secreto a aquellos que proyectan sin necesidad de palabras, a quienes logran éxitos sin anunciarlos a gritos. Es expulsado de trabajos, clubes, comunidades y grupos de redes sociales, pero no reconoce que quizás el problema sea su actitud. En lugar de reflexionar, proclama injusticia y se aísla, convencido de que quienes lo apartaron perdieron a alguien valioso.
Gasta palabras en vano, pues lo que dice no beneficia a nadie, ni siquiera a él mismo. Se autoengaña, se premia sin autocriticarse.
Así continúa, envejeciendo, sin amigos cercanos y, en ocasiones, sin pareja, sumido en la amargura y la frustración. Finalmente, se acuesta una noche y no despierta. En su funeral, pocos o nadie asiste. Es triste, ¿verdad? ¿Acaso nadie pudo advertirle que su actitud altiva lo llevaba a la soledad?
El verdadero problema radica en cómo hacerle entender a alguien con mal aliento que lo tiene, si ni siquiera puede olerse a sí mismo. Así es el altivo, su falta de humildad lo atrapa en un círculo vicioso, incapaz de considerar que tal vez el problema no sea el mundo, sino él mismo.
Antes de pensar que esta reflexión apunta a otro, considera si ya te ha «caído el veinte» a ti…

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